Coronavirus y la necesaria superación del capitalismo

Ana Agostino

La llegada del Coronavirus a Uruguay ha puesto a la población en alerta y transformado la cotidianeidad. El llamado a quedarse en casa no puede ser respondido de la misma manera por todas las personas, tanto por la actividad que desempeñan como por las posibilidades reales de hacer frente a situaciones extremas en un marco en el que por el momento no se han puesto en práctica suficientes medidas de protección social. Pero lo real es que en línea con lo ocurrido en otros países afectados, ya sea voluntariamente, por medidas sugeridas por las autoridades o incluso medidas impuestas (con mayor o menor marco democrático), los cambios en la vida cotidiana han sido radicales.

Estos cambios en la conducta responden a que la población percibe que hay un peligro inminente. El virus está en circulación y la posibilidad de que las personas enfermen, o en casos graves mueran, es una realidad. Se trata de un hecho concreto que impacta sobre sus vidas, directamente, o a través de la sobre-exigencia que la epidemia deposita sobre el sistema de salud compartido por la población. No es un problema personal. Es un problema colectivo, de la humanidad. Hay causas (no del todo claras) y hay consecuencias. Y las consecuencias son visibles. Contener y trasformar la situación exige políticas públicas, sistemas que respondan de manera equitativa, y una sociedad informada y actuando.

Por lo menos desde la década del 70, cuando se organizó la primera conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, la humanidad cuenta con la información necesaria y los datos disponibles que establecen con absoluta claridad que el modelo dominante de producción y consumo, al igual que el Coronavirus, enferma y mata, además de destruir la naturaleza y los diversos ecosistemas, poniendo en riesgo no solo la vida de las presentes sino de las futuras generaciones. Desde hace 50 años la respuesta universal ha sido mantener el mismo modelo, maquillándolo con declaraciones y términos que se van poniendo de moda como estrategia negacionista para seguir alabando al crecimiento económico como condición indispensable para el bienestar de la humanidad. Anualmente se organizan múltiples conferencias y se ponen en marcha programas para que la producción y el consumo sean “sustentables”, se propone que la economía sea “verde”, que la industria y la tecnología desarrollen prácticas “resilientes”, y la lista podría seguir citando palabras que ayudan a maquillar la continuidad de un modelo destructivo, injusto, discriminatorio, excluyente y que fundamentalmente pone en riesgo la continuidad de la Vida, en sus múltiples manifestaciones.

Mientras el Coronavirus se multiplica exponencialmente y a diario conocemos el número de víctimas, el capitalismo ha producido sociedades de desiguales donde millones mueren a diario por múltiples causas: hambre, enfermedades prevenibles, violencia, contaminación ambiental, destrucción de ecosistemas, etc. Pero además, el capitalismo ha generado como fenómeno central el individualismo, que determina la total indiferencia frente al sufrimiento de “los y las otras”, sumado a la centralidad del consumo casi como forma de la existencia. En las últimas décadas se han escrito infinidad de libros y artículos, se han organizado innumerables cursos a nivel universitario y popular, se crearon redes en el mundo entero promoviendo estilos de vida que no solo ponen en cuestión el modelo capitalista sino que, y fundamentalmente, convocan a reconocer que existen otras formas de ser y de habitar en nuestro planeta común. Los movimientos feministas y ecologistas, así como los de economías solidarias/comunitarias, vienen planteando de manera sistemática la necesaria consideración del cuidado, la reciprocidad y la superación del extractivismo en relación con la naturaleza como procesos centrales para alcanzar sociedades verdaderamente sustentables, igualitarias y justas.

Cuando la pandemia haya pasado y todas las personas reconozcamos que vivimos en un mundo otro (en el que miles ya no estarán, no sólo las víctimas directas de la pandemia, sino quienes no fueron atendidos por otras enfermedades por sistemas públicos de salud inexistentes o débiles que colapsaron frente a la crisis, millones que habrán perdido su sustento y no contaron con sistemas de protección que garantizaran su derecho a la vida y al bienestar, indicadores socioeconómicos y ambientales deprimidos y sin los recursos para revertirlos) los modos de ser en el mundo y las políticas públicas que los habiliten jugarán un rol central en la prevención de nuevas crisis. Por eso importa, ahora, poner sobre la mesa conocimientos, visiones y prácticas que plantean que el virus no es la anomalía o el monstruo, sino que revela la monstruosidad del modelo dominante.

En ese mundo otro, el cuidado deberá ser más importante que la lógica de la ganancia, poniendo en el centro la Vida y no el dinero. El cuidado es una función intrínseca de “lo social”, que históricamente se ha asociado a lo femenino y que en ocasiones puede convertirse en una carga vinculada a los mandatos de género, devaluarse y hacerse invisible en su contribución y relevancia. Es importante incorporar una nueva visión vinculada a la ética del cuidado, que abre la posibilidad de tener la esperanza de un mundo mejor, un mundo en el que la dimensión comunitaria se vuelva central, donde el cuidado es la base para las conexiones, no solo entre los seres humanos sino también a nivel comunitario y con la naturaleza. El cuidado permite contribuir a medios de vida más sostenibles, en la medida en que satisfacer las necesidades no está exclusivamente vinculado a los mercados (y al crecimiento económico) sino, y principalmente, a la reciprocidad y a la solidaridad. El Estado no es ajeno a estos procesos, sino que muy por el contrario, juega un rol central en garantizar su concreción para el conjunto de la población, tomando distancia de la lógica neoliberal que responsabiliza a cada persona de su vida y la de su familia en abierta oposición a la realidad ontológica que nos define como seres humanos, es decir nuestro carácter relacional y comunitario. La actual pandemia del Coronavirus es también un excelente ejemplo de la imposibilidad de soluciones individuales, evidenciando que la única salida de la crisis es cuidando y cuidándonos, que cada persona que necesita atención está imbricada con su entorno más inmediato, con la comunidad y con el conjunto de la ciudadanía, y que el Estado tiene el rol fundamental de proveer los recursos y distribuirlos con un criterio de justicia e igualdad social.

Pero el cuidado va mucho más allá de nosotras, las personas. El modelo de producción capitalista asume que la naturaleza no es más que la fuente de recursos para satisfacer necesidades supuestamente infinitas, y que por lo tanto la oferta de bienes y servicios debe ser ilimitada a efectos de garantizar crecimiento económico permanente que genere puestos de trabajo, consumo, explotación de la naturaleza, nuevos productos, nuevas fuentes de trabajo, consumo, y sobre todo ganancia permanente, la que invertida en mercados especulativos permite el enriquecimiento sin responsabilidad social y sin ofrecer ningún tipo de beneficios o asistencia a la mayoría de la población que con suerte hace uso de alguna de esas fuentes de trabajo, consume, ese consumo sigue dependiendo de la explotación de la naturaleza y sigue contribuyendo al enriquecimiento del famoso 1% que concentra el 44% de la riqueza mundial. Esta es la monstruosidad del sistema, que depreda ríos, especies, plantas, suelos, animales; que crea estratos y clases condenando a amplios sectores de población a situaciones de explotación por su condición de sexo, género, orientación sexual, clase, capacidad, lugar, edad, etnicidad; que pone en riesgo la propia continuidad de la vida sin ofrecer bienestar ni cuidado; y que favorece la emergencia de enfermedades que un día nos hacen dar cuenta que todos los bienes acumulados no sirven ni siquiera para empezar a responder al desafío.

Desde una perspectiva feminista y de la ética del cuidado es posible afirmar que la visión dominante de la naturaleza en el capitalismo no reconoce su valor intrínseco y su interrelación con la diversidad de la Vida, sino que la posiciona meramente como proveedora para los seres humanos, y ello es lo que ha justificado los usos no sustentables y la sobre explotación, con las consecuencias conocidas en términos de cambio climático, contaminación y otros. El reto es precisamente reconocer la interdependencia, los necesarios límites en su uso, la existencia de necesidades propias de la naturaleza que requiere respeto de ciclos, protección, cuidados y manejos adecuados, reposición y restauración de determinados procesos. La lógica extractivista que guía la explotación de la naturaleza es la opuesta a la lógica del cuidado, y al igual que ocurre con las personas y las sociedades, no solo daña al sujeto de esas acciones de explotación (en este caso la naturaleza) sino al sistema interdependiente en su conjunto. Los relatos que llegan de diversas partes del mundo respecto a cielos que vuelven a ser azules, mejoras en la calidad de las aguas y del aire como resultado de la disminución de la actividad económica, son indicios de que cambios en el modo de producción impactan muy rápidamente en la naturaleza.

Estos cambios, sin embargo, y como vimos al principio, responden a la emergencia y en gran medida al miedo. Los cambios de largo plazo requieren una nueva mirada sobre el sentido de la Vida y el bienestar. De la centralidad de lo económico a la centralidad de la Vida. De la autoidentificación como consumidores/as a ciudadanos/as. De nacionales de un país a habitantes de un planeta compartido. De receptores de políticas públicas a co-hacedores de una realidad que celebra la diversidad y se nutre de conocimientos y saberes plurales. Habrá quien plantee que se trata de una mirada romántica. Pero en el cuidado recíproco en el marco de estados que garanticen políticas igualitarias y de protección social, con programas que permitan superar desigualdades y discriminaciones, y con prácticas productivas que reconozcan y respeten la interdependencia con la naturaleza nos jugamos la superación de esta crisis hoy y hacia adelante.

Coronavirus and the much needed overcoming of capitalism

by Ana Agostino

Read in Spanish

The arrival of the Coronavirus in Uruguay has put the population on alert and transformed daily life. The call to stay at home cannot be answered in the same way by all people, considering the activities they carry out but also because not everyone has the real possibility of confronting extreme situations given that the necessary social protection measures have not yet been put in place. What is clear is that, in line with what happened in other affected countries, either voluntarily, by measures suggested by the authorities or imposed by (more or less democratic) measures, the changes in daily life have been radical.

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Uncomfortable in white Skin: Research, (Self-)Reflexivity and Representation

by Fiona Faye

I felt uncomfortable when writing about other people after my last research stay in Benin. In qualitative research, you have so much material and then you need to decide what to take in, what to leave out. The picture is always incomplete because you only have a certain number of pages. How can you make comprehensible to the readers all you saw and experienced and everything people explained to you so patiently? Even worse, you have the power to choose and thereby to substantially shape what the readers will think about the persons or groups of people you are writing about. It’s this kind of power, which is probably impossible to avoid (is it?) when writing about somebody else, which makes me feel uncomfortable in my skin, especially as a white researcher in Benin.

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Development: a failed project

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It’s time to abandon development and think about postdevelopment instead.

by Julia Schöneberg

“They talk to me about progress, about ‘achievements,’ diseases cured, improved standards of living. I am talking about societies drained of their essence, cultures trampled underfoot, institutions undermined, lands confiscated, religions smashed, magnificent artistic creations destroyed, extraordinary possibilities wiped out. They throw facts at my head, statistics, mileages of roads, canals, and railroad tracks. […] I am talking about natural economies that have been disrupted – harmonious and viable economies adapted to the indigenous population – about food crops destroyed, malnutrition permanently introduced, agricultural development oriented solely toward the benefit of the metropolitan countries, about the looting of products, the looting of raw materials.”

– Aime Césaire (1950): ‘Discourse on Colonialism’

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Being a ‘hypocritic’ commonwealth scholar: On moments of colonial backlog and postcolonial fractures

by Vijitha Rajan

This short note is a reflection on how I felt fractured being a Commonwealth Scholar, between my colonial past and post-colonial present. In the discourse of international development, a Commonwealth scholarship is symbolised as a gesture of the lasting commitment of the United Kingdom towards Commonwealth citizens. Yet its lesser projected colonial and post-colonial undertones made my engagement with the ‘prestigious’ Commonwealth Scholarship more complex than a straightforward experience of meritocratic achievement.

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Problems of development and “development” as a problem

by Henning Melber and Julia Schöneberg

Right-wing populism remains on the rise, unleashing the brute force of predator capitalism under authoritarian regimes. The temporary vision of promoting social welfare states as a form of good governance has been replaced by new ideologies bordering to a revival of Social Darwinism. White supremacists, populists and nationalists (re-)enter political commanding heights, basing their rule on exclusion and racism. Those concerned about inequality and all forms of discrimination, advocating the rights of the marginalised and disadvantaged, are ridiculed, harassed and increasingly victims of direct, structural and cultural violence. Their struggles for human rights, justice and dignity face an uphill battle. Political repression is mounting. The unsustainable exploitation of the world’s limited resources as integral part of a growth paradigm is once again accelerated.

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Solidarity as Development Practice? – Insights from Volunteering Practices in Global South Communities

by Christopher Millora

The tendency to frame ‘poor’ and ‘vulnerable’ populations as subjects and recipients of development programmes continues to persist today. In international volunteering, so-called ‘global south’ nations seems to be often framed as ‘beneficiaries’ and ‘hosts’ of services delivered by volunteers from the so-called ‘global north’ nations. There is also the widely known “dominant status model” which suggests that those with higher socio-economic status tend to volunteer more as they have a surplus in money, time and expertise. While these narratives do not argue that volunteering is only the domain of the rich, their persistence seems to eclipse the valuable role of volunteering and helping activities by ‘vulnerable’ populations, for instance, within the global south.

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Entanglements of Positionality – Reflections on development research practice

Talk given at the Early Career Researchers Plenary, Development Studies Association Conference, 28 June 2018, Manchester

by Julia Schöneberg

I was enthusiastic to embark on my PhD field research. Ready to observe and to research, to analyse and to understand. The proposal was fully elaborated, I was well into the literature review and the flight tickets for Port-au-Prince, Haiti were booked. I was ready.

And then – my little fluffy idealistic bubble burst just like that. Continue reading “Entanglements of Positionality – Reflections on development research practice”